GOERITZ Mathias

Recibe su formación en la Escuela de Artes y Oficios de Berlín-Charlottenburg (1937-1939) y en la Universidad Friedrich Wilhelm de Berlín (1934-1940), donde estudia filosofía, historia del arte y arqueología. En 1941 abandona Alemania. Vive en Marruecos y, a partir de 1945, en España, donde es cofundador de la Escuela de Altamira (Santillana del Mar, 1948), la cual tenía como objetivo dinamizar la vanguardia artística española. Cuando la iniciativa se traslada a Madrid, en 1949, unas declaraciones de Goeritz en contra de la crítica de arte española terminan provocando su salida del país. Se traslada entonces a México, donde se incorpora al cuerpo docente de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara. Hasta entonces ha practicado una pintura de estilo primitivista, plena de ideogramas y figuras análogas a las de la pintura rupestre, pero su encuentro con el arte prehispánico de México inclinará su interés hacia la escultura.

En 1952, en México D.F., firma un contrato con el empresario Daniel Mont para la construcción de un edificio destinado a albergar una galería de arte, un restaurante y un bar. El resultado fue el Museo Experimental El Eco: una estructura en la cual la asimetría y el contraste en sus paredes, pasillos y aberturas mantienen al espectador en constante tensión y sorpresa. En su discurso inaugural, en 1953, Goeritz leyó su Manifiesto de la arquitectura emocional, en el cual proclamaba la construcción de espacios que provocaran una “emoción verdadera” en sus usuarios y espectadores, gracias a una experiencia estética total lograda a través de una integración del arte y de la arquitectura. Enarbolando estas ideas, Goeritz y sus seguidores se enfrentarían a los partidarios tanto del funcionalismo arquitectónico como de la pintura mural figurativa y nacionalista.

En la misma línea de la arquitectura emocional, Goeritz desarrolló en colaboración con el arquitecto Luis Barragán, las Torres de Satélite (Ciudad Satélite, 1957-1958), un conjunto de cinco prismas de concreto armado de distintos colores y alturas (entre 37 y 57 metros). Estas torres, diseñadas para ser contempladas a alta velocidad desde un automóvil, combinaban la monumentalidad con la simplicidad volumétrica y el escepticismo por lo funcional. Como elemento escultórico tomado de la arquitectura, la torre se convertirá en una constante de muchas de las creaciones de Goeritz, entre las que destacan: las Torres de Temixco (Morelos, 1958), las Torres de Automex Chrysler (Toluca, 1963-1964), la Osa Mayor (México D.F., 1968) y la Pirámide de Mixcoa (México D.F., 1969).

A partir de 1957 inicia la serie de los Mensajes, cuadros o murales cuya superficie ha recubierto con láminas metálicas u hoja de oro (estos últimos denominados Mensajes dorados). Se trata de obras monocromas y de naturaleza lumínica (debido al material empleado) y de un hondo sentido de religiosidad cristiana. En ellas la luz y la ausencia de representación hacen referencia a lo divino, mientras que los títulos de las obras remiten a citas bíblicas. Goeritz da a conocer este trabajo primero en México (Galería de Arte Mexicano, México D.F., 1959) y luego en Estados Unidos (Carstairs Gallery, Nueva York, 1960). En esta última exposición presenta también un conjunto de propuestas y diseños para esculturas de escala monumental que le valdrá, más adelante, ser considerado como un precursor del estilo minimalista que irrumpiría en la escena neoyorquina en el transcurso de los años sesenta. Asimismo, durante su estadía en Nueva York en ocasión de esta muestra, protagoniza una protesta en las afueras del Museum of Modern Art contra una exposición de Jean Tinguely y en la cual distribuye su manifiesto Please Stop! Pocos meses después, en París, presenta sus Mensajes en la Galerie Iris Clert y da a conocer su manifiesto L’art prière contre l’art merde. De regreso a México, todavía en 1960, durante una muestra en la Galería Antonio Souza (México D.F.) lee públicamente el texto Estoy harto. En estos manifiestos, Goeritz se posiciona en contra del arte que, en su opinión, carece de valores espirituales y alimenta la confusión general (se refería principalmente al nuevo realismo), así como contra la actitud ególatra de muchos artistas; propone en su lugar un arte metafísico, de valores estables y primordialmente religiosos. Estas ideas terminarían alentando una breve experiencia colectiva conocida como el hartismo, que tendría su principal concreción en Los hartos. Otra confrontación internacional de hartistas contemporáneos, un evento de corte dadaísta fue celebrado en la Galería Antonio Souza (México D.F.) en 1961. Más allá de los Mensajes, Goeritz realizará desde 1956 diversas obras de carácter religioso, entre las cuales destacan varios trabajos para recintos de culto, como sus vitrales, altares y otros elementos para la Catedral Metropolitana (1963), el Convento de las Capuchinas Sacramentarias (1963) y la Sinagoga Magen David (1964), todos en México D.F.

A finales de la década de los sesenta coordina la llamada Ruta de la Amistad, un conjunto escultórico con obras de varios artistas internacionales en ocasión de los XIX Juegos Olímpicos celebrados en México (1968). Diez años después participa junto con un grupo de artistas en la construcción del Espacio Escultórico de la Ciudad Universitaria de México (1978-1980). En ambos proyectos quedan volcados muchos de sus principios: trabajo hermanado entre artistas; síntesis de urbanismo, arquitectura y escultura; monumentalidad sin conmemoración política; etc. La arquitectura emocional, a cuyos valores se sumará el sentimiento religioso que Goeritz ha desarrollado hasta ahora en su obra de carácter más íntimo y menos público, encontrará una de sus más importantes realizaciones en el Laberinto de Jerusalén (Israel), inaugurado en 1980 pero en cuyo proyecto el artista trabajaba desde 1973. No se trata de un recinto para el culto religioso, sino de un centro comunitario que, sin embargo, integra en su diseño la simbología de las tres grandes religiones que hacen vida en esta ciudad. A lo largo de la década de los ochenta y hasta su fallecimiento, Goeritz continúa realizando obras para espacios públicos y recibe numerosos reconocimientos por su trayectoria tanto en México como en Israel.

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Mathias GOERITZ

Mensaje dorado, 1980