FUENMAYOR Héctor

Realiza estudios en la Escuela de Artes Plásticas Cristóbal Rojas (Caracas, 1966-1967), los cuales abandona al alejarse temporalmente de las artes visuales. Cuando algunos años después retorne al medio artístico, preferirá las tertulias que tenían lugar en la casa-taller de Claudio Perna como un espacio de formación alternativa, en lugar de los ambientes académicos. Practica una pintura abstracta oscilante entre el expresionismo y el constructivismo que pronto comienza a sufrir una depuración de formas y colores. Este proceso, que lo lleva en 1971 a exponer sus cuadros contra la pared, de espaldas al público, alcanza en 1973, en la Sala Mendoza, su momento culminante: los cuadros desaparecen del recinto expositivo y todas sus paredes son cubiertas de lo único que queda: el color o, más bien, un color –el Amarillo sol KY7V68, de acuerdo a la identificación industrial de la pintura empleada−. Este gesto de intervención de un espacio constituye uno de los hitos fundacionales del arte contemporáneo venezolano.

En sus creaciones conceptuales de los años que siguen el soporte que más emplea es el papel: realiza series de dibujos en las que éste, de un pliego a otro, se satura o se despeja de trazos en grafito, como en El ABC del dibujo (1975); series de polaroids, como Crack (1975); o fotocopias intervenidas, entre las que destacan las series Miranda en La Carraca (1977) y Cruz y ficción (1978). A partir de estas obras, la combinación entre imagen y palabra escrita, así como las temáticas religiosa y meta-artística, se convierten en recursos que el artista empleará con frecuencia. La influencia de la filosofía budista se hace notoria en Susanidad y en Blanco es sinónimo de objeto (ambas de 1981), trabajos en las cuales incorpora largos textos poéticos-filosóficos. En el segundo, no hay imagen sino una superficie blanca y, sobre ella, un texto también blanco apenas legible que diserta en torno a este color como objeto de esta pintura. Por esta época practica el kendō (la esgrima tradicional japonesa) y la meditación zen. En 1983 se retira al monasterio budista zen International Dai Bosatsu Zendo Kongo-ji, de Nueva York, ciudad donde residía desde el año anterior.

En 1990 regresa a Venezuela y se reintegra a la actividad artística. No realiza, en lo inmediato, muestras individuales, pero participa en las más importantes exposiciones colectivas del arte contemporáneo venezolano en los años noventa: Los 80. Panorama de las artes visuales en Venezuela (Galería de Arte Nacional, 1990), Accrochage (Galería Sotavento, 1991), Uno, dos, tres, cuatro (Museo de Bellas Artes, 1991), I Bienal Barro de América (Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber, 1992), CCS-10. Arte venezolano actual (Galería de Arte Nacional, 1993), IV Bienal de Guayana (1994) y La invención de la continuidad (Galería de Arte Nacional, 1997). Durante esta época, la instalación será el principal medio para la expresión de sus ideas. Vitrinidad una (1992), con la que participó en la I Bienal Barro de América, consistió en un muro de los lamentos de barro, unos cojines de templo zen y otros elementos rituales organizados en un espacio cerrado, que sólo podía contemplarse a través de ventanas desde el exterior del recinto expositivo. En La multiplicación de los panes (1993, producida para CCS-10), cubre con una retícula el piso de una sala de la Galería de Arte Nacional para llenar la casi totalidad de sus casillas con panes redondos. Las subdivisiones del espacio, perfectas, geométricas, contrastan con los panes, orgánicos, cada uno una pieza única; a pesar de sus diferencias, ambos (alimento prehistórico y arreglo matemático; alegoría bíblica y recurso favorito del arte constructivista) se repiten serialmente hasta un aparente infinito. Su gran instalación Muerte y resurrección (1994), la cual le vale el primer premio de la IV Bienal de Guayana, se desarrollaba a lo largo de tres estaciones, en diferentes puntos de Ciudad Bolívar (Venezuela), en cada una de las cuales, sucesivamente, se niega la historia del arte, el arte mismo y el sujeto, a la vez que se contrapone el pensamiento simbólico occidental al pensamiento religioso oriental.

A pesar de su gran actividad durante la primera mitad de los años noventa, Fuenmayor no expondría de forma individual hasta 2007, año en el cual presentó dos muestras simultáneas. Una de ellas tuvo lugar en el Centro Cultural Chacao y se inspiraba en Cruz y ficción, su trabajo de 1978; la otra se celebró en Periférico Caracas/Arte Contemporáneo y en ella presentaba una serie fotográfica de gran formato titulada Buddy Tree (la escuela de los coincidentes). Las fotografías que conforman esta serie corresponden a un árbol de la especie Ficus religiosa, que se encuentra ubicado en el Jardín Botánico de Caracas; según la tradición, bajo un ejemplar de esta especie fue que el Buda encontró la iluminación. Fuenmayor construye, a partir de MDF, una retícula en dos planos que se alternan regularmente, celda a celda, y sobre ella adhiere la fotografía. La alternancia de los planos, aunada a una selectiva manipulación cromática de algunas zonas de la imagen, da lugar a que uno de los planos se manifieste como una sucesión de cruces. Como resultado tenemos dos símbolos religiosos (el budista y el cristiano) que, fragmentados, se modulan y superponen.

Fuenmayor emplea recurrentemente la geometría en su producción artística, pero al introducirla en un contexto tan ajeno al que dictaban los postulados históricos del arte abstracto geométrico y constructivo, el resultado se revela subversivo. Por su parte, el tratamiento de los temas religiosos nos presenta al artista como practicante de una espiritualidad rigurosamente cuestionadora de sí misma. Discurso plástico y religioso se fusionan así en uno de los corpus artísticos más genuinos, críticos y reflexivos del arte contemporáneo venezolano.

Héctor Fuenmayor vive y trabaja en Caracas.

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Hector FUENMAYOR

Palabras y formas geométricas, 1975